Creer o reventar

Magia, brujería, gualicho, misterio, enigma, maldición, y derivados, son términos que podemos encontrar a menudo en titulares de noticias deportivas, incluso sin despertar el escepticismo que provocaría en otros campos informativos.

Siendo el deporte uno de los mayores productores de identidades, resulta fundamental interrogar y reflexionar sobre qué contenidos se eligen transmitir e informar, ya que todo ese proceso de confección y transmisión de noticias no está desligado de responsabilidades y consecuencias políticas.

Así es como por ejemplo en el fútbol nos encontramos naturalmente hablando de astrología, tarot, o como incluso pudimos ver incontables noticias sobre un “sanador pránico” o un “brujo” trabajando dentro de los cuerpos técnicos de selecciones nacionales, tal como sucedió con el plantel chileno y argentino respectivamente en el último Mundial de fútbol «Rusia 2018». Planteles que no cuentan con psicólogos en sus cuerpos técnicos, cabe destacar.

¿Por qué un equipo profesional de elite, como lo es el de la selección argentina, que tiene jugadores, instalaciones y médicos de primer nivel, un cuerpo técnico con muchísimos profesionales, no cuenta con psicólogos? ¿Por qué un equipo en el último tiempo caracterizado por las tensiones emocionales no busca asesoramiento psicológico pero sí recurre a un brujo? ¿Hay alguien que se esté preguntando, en cada una de las cuestiones que suceden, cuál es el fundamento? ¿Por qué todo esto no parece disparatado ni desacertado para los medios que eligen darle entidad, reproducirlo y naturalizarlo, ni para la sociedad que lo consume?

Y por otro lado, estas interpretaciones mágicas-farandulísticas que se le dan a ciertos hechos deportivos, ¿qué efectos producen en la subjetividad de los diversos actores del campo deportivo? Porque ¿qué responsabilidades le caben a un sujeto, a un equipo, o a una situación que ya de antemano se verían afectados o determinados por factores externos, de los cuales se carece de cualquier tipo de control? Aunque finalmente sean sometidos a duras críticas cuando el desenlace no sea el deseable, desde las mismas voces que autorizan un discurso que exilia al sujeto de sus propias circunstancias.

Es que si los problemas se dan por arte de magia, así también tendrán que solucionarse.

Ahí es donde encontramos una diferencia fundamental entre la labor del psicólogo y la del “brujo”/”mago”/“chamán”/”coach ontológico” o cualquier persona que se jacte de manejar emocionalmente a un deportista o plantel.

Fundamentalmente, estamos hablando de la ética que sostiene el trabajo de cada uno. El psicólogo no ostenta un saber sobre la persona que lo consulta o con la que trabaja. No cuenta con respuestas prefiguradas de antemano, no emite juicios, ni “sabe” ni tiene forma de saber, si la persona no pone a trabajar sus preguntas, su padecimiento, sus verdades, para elaborar un problema o para mejorar sus formas de atravesar ciertas situaciones disruptivas como puede serlo una lesión, una resultado inesperado o cualquier tipo de impasse.

Es esencialmente por esta razón que estos discursos no podrían complementarse, y si bien la cuestión “esotérica” puede resultar interesante en cuanto manifestación cultural, no deja de ser peligrosa cuando se la toma en serio, sobre todo como política institucional, y por priorizarla se deja de lado otro tipo de tratamientos profesionales para el rendimiento y bienestar de los deportistas.

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